
Me encanta el absurdo ya que, detrás de él se esconde la cruda realidad, o sea, el bistec que sangra cuando se ha pedido al punto, el salario bruto que se queda en un neto irrisorio cuando los comparas en la nómina o la esmeralda que, aunque piedra preciosa, tiene en ocasiones puntos negros everywhere y por lo tanto vale la mitad.
Por todas esas cosas me encanta el Hola, que es la bandera del filete crudo que transmuta personalidades, photoshop mediante.
Bueno, quien dice el Hola dice todo lo que el kiosco nos muestra y que lleve imágenes dentro (a Dios gracias aun quedan los periódicos impresos, a los que la urgencia del día a día no les permite mucho retoque que digamos).
Se dice que el reflejo de las cosas es inevitable, pero que el brillo se puede retocar. Ahí radica el territorio photoshophico, en el falso brillo que se imprime a todo bicho viviente de rancio abolengo (o simplemente rancios y rancias que pasan por abolengos).
Preferiría mil veces el reflejo lleno de arrugas de un código de barras labio superior arriba, antes que un bigotazo femenino perfeccionado con tonos rosa-crema pastosos que tanto lo apartan de su verdadera realidad. Las publicaciones nos quieren hacer vender que en la familia Preysler, un poner ya que los tengo a ojo en forma de fantastiquísima portada esta semana, son todos hermanos mamma Isabel included.
En este caso no se sabe exactamente quien debe ser quien, debido a su estado de photoshopización. Si Julio José es el patriarca, Chabeli su esposa o sus hermanas unas primas hermanas que se han apuntado a posar.
El día en que photoshop se venda en crema todos moriremos jóvenes y lozanos y las leyendas que nos dejaron en forma de bonitos cadáveres y frescas vísceras serán sólo una anécdota en los obituarios de nuestra historia documental.